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1385 – ¿Y la gracia?

El chiste se hace solo. Un gobierno que culpa a la gestión anterior por la invasión actual de mosquitos, un bloque de diputados oficialistas que desconoce el funcionamiento del Congreso (por suerte!), un presidente que no duda en viajar a Corrientes a un ignoto club de libertarios que festejan su cumpleañitos. Podría ser una película de Sacha Baron Cohen o cualquier serie de absurdo. La industria del chiste tiene todos los días material como para hacer dulce. Nunca fue tan fácil hacer humor ni tan difícil reírse.

Ya lo vivimos con la creciente popularidad de Milei, un personaje outsider que llamaba la atención por sus formas violentas y poco convencionales de comunicar ideas políticas igual de desquiciadas. Cuantos videos paródicos habremos visto de aquel en que el hoy presidente despegaba nombres de ministerios al grito de ¡AFUERA!, cuantos stickers de No hay plata habrán circulado por los grupos de whatsapp.

Nadie niega el poder corrosivo del humor en tanto puede cuestionar lo establecido y desarmar el orden convencional de las cosas (los roles sociales, las costumbres, las prácticas ya naturalizadas). Sin embargo, en el panorama actual da la impresión que ese poder cuestionador da lugar a cierta banalización en relación al tratamiento de la problemática socioeconómica. O mejor dicho, que muchas veces la movilización o la crítica al modelo actual queda limitada al universo de memes y chistes rápidos que podemos hacer y compartir.

Ya algo de esto veía Guille Aquino en su sketch de años atrás.

Por otro lado, pensando en el ascenso de personajes como Trump o aquí Milei, resulta claro que los que a algunos nos parecen “bizarros” a otros sectores les resultan interesantes. El consumo irónico ha terminado por aplanar la potencia de la ironía para validar actores y prácticas que no creíamos tendrían sustento en la vida democrática.

Mientras tanto el cierre de comedores en todo el país, la quita de subsidios al transporte público, la no entrega de medicamentos para enfermos oncológicos y un presidente que acepta con desdén que los jubilados ganan muy poco pero que también los números de la miseria impactan más fuerte en las infancias da cada vez menos ganas de esbozar algún tipo de carcajada.

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